Escondiendo el CO2...

Interesante artículo sobre el tema candente en León Este que pone de manifiesto la preocupación por las perforaciones que se están llevando a cabo en varios puntos de la comarca

Perforacion en Villacalabuey donde se trabaja día y noche
en pleno mes de Agosto

Publicado por Pepa Mosquera el 26/07/2011 · en Habiendo sol

A diferencia de lo que ocurre habitualmente con las directivas europeas, que España traspone al ordenamiento nacional con meses, incluso años, de retraso, la centrada en la captura y almacenamiento de dióxido de carbono (CO2) ha sido franqueada con una celeridad pasmosa.. De hecho, el nuestro ha sido el primer país europeo en transponerla, y desde el 29 de diciembre de 2010 contamos con la Ley de Almacenamiento Geológico de Dióxido de Carbono.

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En estos momentos, seis países, entre ellos el nuestro, tienen en marcha proyectos de secuestro y almacenamiento de CO2 (CCS, por sus siglas en inglés). Una tecnología cuya finalidad es atrapar el dióxido de carbono emitido en centrales térmicas, refinerías de petróleo, cementeras o siderúrgicas, conducirlo por tuberías e inyectarlo en el subsuelo, dejándolo confinado en “almacenes” de roca. Muchos gobiernos de la UE califican de “imprescindible” el CCS en la lucha contra el cambio climático (se prevé que permita neutralizar hasta el 90% de las emisiones de CO2 de las térmicas), y también gusta a las industrias, al ayudarles a reducir su factura en certificados de emisiones de CO2.

Según la Agencia Internacional de Energía, la captura y almacenamiento de CO2 podría representar para el año 2050 un 20% de la reducción de emisiones planeada. Siempre, claro está, que la tecnología esté disponible a tiempo. De momento está dando sus primeros pasos. El horizonte que contempla la Comisión Europea es que en 2015 se demuestre su utilidad y que en 2020 comiencen las explotaciones comerciales. Por tanto, habrá que esperar unos diez años para que las primeras plantas de CCS empiecen a operar. Sin embargo, el lapso de tiempo del que disponemos para hacer frente al cambio climático es cada vez menor.
Esta es una primera razón que pone en entredicho la apuesta por la tecnología CCS. Pero no es solo que vaya a llegar demasiado tarde, es que su desarrollo va a costar millones de euros; un dinero que bien podría dedicarse a apoyar a las tecnologías de generación eléctrica verdaderamente limpias, que no emiten CO2, Y con el apoyo público y la financiación adecuada resultarían plenamente competitivas en un plazo de tiempo mucho más cercano (algunas ya lo son). El secuestro y almacenamiento de carbono supone, además, seguir apostando por los fósiles para generar electricidad. El “combustible” del que se abastecen estas plantas es el CO2 liberado por térmicas e instalaciones industriales, y no parece lógico pensar que las futuras plantas de CCS, cuyo coste ascenderá a muchos millones de euros, vayan a ser diseñadas y construidas solo para operar unos pocos años.

La propia tecnología CCS entraña riesgos para el medioambiente y la salud. Para captar el CO2 y llevarlo a su destino bajo tierra, primero hay que separarlo de los otros contaminantes emitidos por las centrales, y en este proceso pueden liberarse sustancias tan peligrosas como las nitrosaminas (son cancerígenas), como ocurrió recientemente en una planta piloto de Noruega, el país más avanzado en la investigación de la CCS. Otros métodos de separación de los gases se basan en la tecnología de post-combustión refrigerada, en la que interviene el amoníaco. O en la oxicombustión, en el que la combustión se realiza con oxígeno y no con aire, como ocurre en el proyecto Compostilla (El Bierzo, León), el de mayor envergadura que se lleva a cabo en España y en el que participa tanto el sector público (a través de la Fundación Ciudad de la Energía) como el privado (Endesa y Foster Wheeler Energía).

Además, sea cual sea el método elegido, para atrapar el CO2 es necesario emplear grandes cantidades de energía. Y la tecnología CCS debe garantizar la plena estanqueidad de los kilómetros de tuberías que habrá que construir para transportar el gas desde las centrales hasta los almacenes. También habrá que asegurarse de que el gas (que se licuará para reducir su volumen) quedará bien confinando en el subsuelo. ¿Es esto posible? Los depósitos de CO2 deben reunir condiciones que pocos lugares cumplen. Además de estar a prueba de terremotos, deben localizarse a profundidades que no encarezcan demasiado el proyecto (se considera que unos 800 metros es la profundidad “idónea”), y la roca almacén (piedra caliza y depósitos de gas agotados son las dos opciones principales que se barajan) tiene que estar protegida por una roca “sello”, que impida cualquier riesgo de fuga o escape del gas.

El problema es que la naturaleza es mucho más poderosa que cualquier medida de seguridad humana (acabamos de verlo en Fukushima). ¿Qué ocurriría si por cualquier razón las millares de toneladas de CO2 almacenado se liberarán de pronto? Los expertos que investigan la tecnología CCS argumentan que los depósitos van a estar continuamente monitorizados y no se va a producir ningún escape. Quizá sea así, sin embargo, en 1986 se produjo una catástrofe natural en el Lago Nyos, en Camerún, causada por una pérdida de enormes cantidades de CO2 que le costó la vida a unas 1.700 personas.
Visto costes, riesgos y tiempo necesario para el desarrollo de la tecnología CCS no parece que sea, esta, precisamente, la mejor opción para “salvar” el clima. ¿No sería más lógico que dejáramos de una vez de emitir gases de efecto invernadero en vez de tratar de esconderlos bajo tierra?

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