Excursión por el Valle del Tuéjar hasta la Virgen de la Velilla


por @saborleon

Desde Cistierna la carretera, hoy de firme excelente y sin apenas trazos sinuosos, nos pone en un ‘plis plas’ en Puente Almuhey, el antiguo puente de Muhey con historia medieval y antes romana, donde el camino les acercará al Valle del Tuéjar, en León, (hay un río Tuéjar, afluente del Turia). Después de 20 años los paseantes vuelven a una parte de sus raíces. No es nostalgia, es sentimiento.

Como si fuesen las cancillas que abren o cierran el Valle, las barreras del Hullero les detienen. Se divisa la silueta de un tren que resulta ser el Transcantábrico, todo un signo de modernidad o el anuncio de que todo ha cambiado ¿Algo ha cambiado? ¿Quién ha cambiado? ¿Los romeros? ¿El Valle? Mirar atrás y ver castillos, casonas o monasterios; nobles o gente llana; alcabalas o diezmos; villas, lugares o anejos; molinos o minas. Volver al hoy y ver las escombreras cerradas desde antes de que se creara el Plan del Carbón, que siguen estando presentes como testimonio de ¿blandura? y de que el cambio no ha llegado del todo, a pesar del tiempo. Las sombras de los árboles centenarios siguen siendo los guardianes del lugar.

La entrada se hace desde Taranilla, que les recibe en su anfiteatro natural. Comienza el valle que se va abriendo hacia el mediodía. Se suceden los pueblos, todos ellos apenas ya sin gente (San Martín, Renedo o El Otero) que se embuten entre el río y las camperas, hasta el fondo del saco en el que se asienta La Mata de Monteagudo, al final del camino. Como compañeros de paseo se hallan el río Tuéjar con su murmullo escondido entre la fronda y la mole de piedra blanca que es Peñacorada, vigilante sobre el valle, recordando que el lugar es su territorio. A medida que se asciende, los sentidos se despiertan, más si cabe, como un regalo que se desenvuelve poco a poco. La naturaleza nos rodea.



Pero es más que paisaje. El olor a tomillo, el mosaico de color que salpica los quehaceres. Verde, en los prados y en el monte. Azul, el del cielo. Rojo, en los tejados. Morado, en los frutos silvestres, haciéndole protagonista de escenas cotidianas:

De negro viste la viuda,

de morado la casada,

de encarnado la soltera,

de verde la enamorada. 

Son tierras y lugares con pasado noble, como atestigua un buen número de ruinas y legajos de historia, varios pertenecieron al Señorío del Marqués de Prado, otrora testimonio de suntuosidad; otros son bienes del común que merecieron citas en el diccionario de Madoz del siglo XIX. Son tierras de necesidad y sufrimiento, no olvidemos que se las conoce como “El Valle del Hambre”. Son tierras de labrantines y trashumancia: los unos sembrando al puño, los otros entre cañadas y cordeles hacia las Extremaduras. Son tierras solidarias como lo demuestra la leyenda sobre la construcción de la “presa Soberana” que da servicio de riego a las huertas de la Villa de Renedo. Son tierras de tradiciones, de fuerza y maña cuando los aluches están presentes en la fiesta o los pendones concejiles avisan de la identidad de quienes los portan. Son tierras de devoción mariana y profundas creencias religiosas. En el transcurrir de los tiempos ¿cuántos religiosos han salido de sus lindes? ¿Qué hombre o mujer, oriundos del Valle, no ha rezado a la Virgen de la Velilla?

Próximo a la Mata de Monteagudo, entre el verde de árboles y matas, en lo alto del risco, aparece trazada la pared de un edificio imponente, es el Santuario de la Virgen de la Velilla, en un camino que se empina hasta llegar a la campa. Es un rincón singular, de postal. Estamos a 1.100 metros de altitud. Los paseantes se paran para contemplar lo que les rodea y recrearse con el entorno: aire limpio, pradera, laderas de montaña en las que, entre ‘aclareos’, una legión de robles frondosos, con las cortezas cubiertas de musgo, robustos, con perímetro de “pie mayor”, asimétricos por los huecos que se dibujan en cada tronco, se muestran como una parte del patrimonio natural que debe preservarse para los que les sucedan. ¿Cuál será la cantidad de CO2 que fijan todos ellos?


Ahora, los paseantes contemplan el Santuario y hacen cábalas sobre cuántos peregrinos lo habrán admirado desde el mismo sitio en el que se encuentran y cuántos avemarías se habrán rezado ante la imagen de la Virgen. La construcción del actual Santuario comenzó en el año 1615 y se alargó durante todo el siglo XVII. En el exterior, su pórtico y la torre octogonal le dan presencia. En el interior, el retablo mayor, el sagrario y el camarín de la Virgen, son fieles exponentes del arte sacro de la comarca. En una de las paredes, el escudo de los señores de la casa de Prado, un león rampante, que puso fin a los pleitos con los obispos de la época, recuerda linajes benefactores. Fuera, la Casa de Novenas y una Cruz con gradería cierran el espacio mariano.

El sitio resulta único y con encanto. Merece la pena haber llegado hasta aquí.

¿Y el sabor de hoy? Pues el sabor a naturaleza en estado puro.

Por @Saborleon
Visto en http://pasean2.com/un-paseo-por-los-sabores-2/

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