VALDEJINDIA

El Andresillo volvía por las noches a su casa arrimándose a las paredes y tropezando, unas veces con los cantos y otras con sus propios pies. Solía llevar algo nublada la vista, algo revuelto el estómago y muy animada la cabeza.

Casi siempre conseguía que el vino lavase la cara sucia de sus pensamientos más negros.

Antes, El Andresillo, ya era pobre. Sobrevivía haciendo algunos trabajos de albañilería o ajustándose de pastor con algún rebaño del pueblo. También contaba con habilidades para matar y destazar gochos, limpiar cuadras y otras labores del campo.

Lo que mejor se le daba al Andresillo, era lo relacionado con elaborar el vino.

Para él era un placer de reyes dedicarse a las labores de las viñas. Arar los majuelos, podar, vinar, sulfatar con piedralipe. Todo lo hacía con la ceremoniosidad de un sacerdote. Lavaba las carrales, preparaba la bodega, apilaba los terreros para traerlos llenos.

Era la alegría de los vendimiadores. Contaba chistes, empezaba las guerras de lagaretas

Y cantaba como nadie pisando las uvas, se le encendían los ojillos viendo correr el mosto, reía como un loco al prensar los orujos.

Pero un día la gente empezó a descepar los majuelos.

Seguramente habrá que creer la versión de quienes aseguraban, que la mejor manera de comer y beber más y mejor, consiste en arrancar cepas, subvencionar barbechos, matar vacas y arrojar semillas de colza o de girasoles, para no recoger la cosecha. Para eso se implementaron las ayudas correspondientes.

Al Andresillo se le iba acabando el trabajo. La maquinaria agrícola terminó con los jornales de muchos brazos y poco a poco la gente fue dejando el pueblo.

¿Qué pinto yo en Bilbao o en Barcelona? preguntaba El Andresillo cuando le propusieron emigrar. Algo quedará que me de de comer aquí en mi pueblo.

El Andresillo necesitaba poco para vivir, pero el poco trabajo que conseguía, no era suficiente para poder salir adelante. Dependía de las ayudas de los vecinos, que le daban ropa usada, unos, y otros algún trabajillo , que no necesitaban realizar.

Las cosas iban de mal en peor, la necesidad acuciaba y el vino tinto del bar, a penas ofrecía el mínimo consuelo.

Pero al cabo de unos años, aparecieron unos paisanos de traje, que aseguraban que en el pueblo podría haber petróleo y pretendían hacer unas catas y unas perforaciones, para comprobar el posible hallazgo.

Al Andresillo la cosa le venía que ni pintada, aunque le daba un poco de pena que las perforaciones se fueran a realizar en Valdejindia, un pago que toda la vida de dios había estado ocupado por los majuelos, que mataban la sed del pueblo.

Ahora, Valdejindia descepado, el mejor caldo que podía ofrecer , sería ese oro negro, ya que las cebadas y los centenos pagaban lo mínimo por aquel pedregal.

Empezaron las perforaciones a todo ritmo, trabajando de noche y de día. Las perforadoras no descansaban, en busca de una riqueza escondida.

Andresillo trabajaba en las obras igual que en las viñas, el aire de aquella campiña le recordaba los días de vendimia, las tardes de poda, los paseos de los domingos viendo brotar las vides.

Pero la perforación ya duraba demasiado sin recompensa. Los ingenieros parecían resignarse a no sacar ni siquiera agua artesiana.

Una mañana, cuando El Andresillo empezaba su turno, la gente del sondeo se vió de pronto presa de una gran excitación.

La sonda presentaba síntomas de presión en su interior. Por las tuberías que penetraban en la tierra, subía imparable un líquido hacia la superficie.

Sonaron las sirenas y las alarmas y todo el mundo se reunió al rededor del pozo.

Al Andresillo le ordenaron abrir la llave de paso y acudió raudo a su deber.

El líquido empezó a fluir, tomó altura hacia el cielo y a todos empapó, Los trabajadores del pozo elevaron las manos hacia arriba, para mojarse con aquella lluvia sagrada.

El Andresillo gritó: Sabía que tú nunca fallas ¡Viva Valdejindia! y la lluvia de vino tinto le hizo enloquecer a carcajadas.

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