El niño de la guerra de VILLAMUÑIO, Narciso González Barreales

Narciso González Barreales es un superviviente del conflicto civil español de 1936 gracias a su deportación a Francia, todavía vive impresionado por las imágenes que le quedaron grabadas en el orfanato de El Pardo
«Al finalizar la guerra, regresé al pueblo, decidí dedicarme a las labores del campo, no sin alternar estas con otras, ya que el campo no permitía afrontar la situación. Esto hizo que durante algún tiempo trabajase en la renovación de la línea férrea Palencia -Palanquinos» reseña Narciso rememorando el paso del tiempo, que bien se aprecia en esta foto, de la época infantil.
«Nunca entenderé tanto horror»
"No tengáis miedo, ¡si vais a ir derechos al cielo!"
 les decían al irles sacando de las habitaciones, y a Narciso González Barreales (Villamuñío, 1922) se le quedó grabada en la bien amueblada cabeza ese sardónico, cruel consuelo, que escuchó cuando apenas tenía 14 años y vio la muerte vestida con gorra miliciana y correajes.

Y aunque el próximo 18 de marzo cumplirá los 90, Narciso recuerda punto por punto detalles de su cruda niñez, vivida en medio de las pasiones y las violencias espoleadas por la Guerra Civil. Nació en una familia humilde y labradora y a los 9 años se quedó sin padre.

«Vinieron unos frailes de aquellos que iban por los pueblos y nos sacaron a tres de Villamuñío... ¡oye, se conoce que yo valía!», recuerda risueño con su mirada celeste.

Tras una breve estancia en el convento leonés de San Francisco lo llevaron a Madrid, a El Pardo, al colegio que tenían allí los Padres Franciscanos Capuchinos, donde permanecería dos años.

«El 21 de julio de 1936, no se me olvidará, estábamos comiendo y vino el portero todo apurado diciendo: ‘¡Corred, meted los hábitos debajo de la cama!’, e inmediatamente subieron tres a detener a varios religiosos».
Un padre que era también de León los puso de rodillas a todos y comenzó a prepararlos para lo que se avecinaba: «Ego te absolvo...». «Y la verdad, nos meamos todos por las patas para abajo», confiesa.
Vio cómo a uno de los frailes «lo bajaban como a un Cristo, a golpes» y, ya en la calle, entre gritos de «¡hijos de curas!» y «¡no va a quedar raza de la religión!» («pero qué sabíamos nosotros entonces de todo eso, éramos unos niños»), observaron cómo otro se debatía en los estertores de la muerte. «Una cosa es contarlo y otra diferente vivirlo», avisa nuestro paisano.

A todos los alumnos los apelotonaron en el orfanato de El Pardo, donde estuvieron, muertos de miedo, dos meses, y hasta allí se acercaron, en varias ocasiones, «a buscar frailes». «El que llevaba aquello les decía ‘aquí no hay, son todo niños del orfanato’, para protegerlos, claro», explica. «Después nos metieron en unos camiones del ejército y pasamos por Madrid. En Aranjuez vimos a mujeres y gente de edad cavando trincheras». En la estación del Niño Jesús, esperando el tren para Valencia, comprobaron cómo se acercaban «tres aparatos de Franco» y empezaban a descargar bombas sobre los barrios, destruyendo casas tal que si fueran de papel, «¡y menos mal que no cayeron sobre el hospital o la misma estación!», agradece
Por fin, el tren tomó el rumbo de Valencia («con el hambre que teníamos, paramos junto a unos que estaban vendimiando naranjas, y nos dieron unos cestos de ellas... qué ricas me supieron»), y de allí a Barcelona. Congregado junto a muchos otros jóvenes, brigadistas y soldados, escuchó las arengas de la Pasionaria («haced todo lo posible en contra de Franco, no le ayudéis en nada, y no tengáis miedo, que no os olvidaremos»). «¡Vaya mujer! Tengo entendido que una vez hizo llorar a Churchill, que iba todo el día con el puro y era ministro inglés, por no dar armamento a la República».

Tras la frontera le esperaban un albergue infestado de piojos («solo había que miseria») y después, en Grenoble, un centro de distribución que lo colocó con una familia española que tenía un hijo que había marchado a luchar con las brigadas internacionales. Estudió en la escuela, aprendió francés y cuidó vacas en una aldea cercana, pero la Guerra Mundial ya estaba encima («se veía tropa por todos lados») y las autoridades los devolvieron a España. «En Barcelona me habían dado un anillo con la hoz y el martillo, muy guapo, y cuando entramos nos dijeron que lo tiráramos». «Ya ves, salí por la Junquera con el puño en alto y volví por Irún haciendo el saludo romano»
Narciso regresó al pueblo para dedicarse al campo —también trabajó en Renfe— y, aunque casó, no tuvo hijos. Así, entre laborar con la pareja de vacas y la caza con galgo fue pasando la vida. Y no pierde el humor. Eso nunca. «A veces me preguntan:
¿Por qué no te quedaste de fraile?’. Y yo respondo: «Porque rezaba muy rápido. Cuando los demás estaban en ‘Dios te Salve María’, yo estaba ‘entre todas las mujeres’».



FUENTE:


«total, si vais a ir al cielo» ( Diario de León - 12/02/2012 )

En 2005 el Diario de León también le realizó otra entrevista:

Para los 300.000 niños españoles que hubieron de abandonar el país a resultas de la guerra civil española, el segundo cuarto de siglo resultó más duro que el resto de su vida entera, posiblemente.

Así le sucedió a Narciso González Barreales, que ahora descansa en Villamuñío, si no ajeno a los sinsabores de tan amarga experiencia, sí al menos más tranquilo.

Con la misma calma que Simplicia Sandoval, su esposa, que aún contando con la misma edad, ha disfrutado de una vida más plácida que su consorte. 

-¿Qué piensa de la vida a estas alturas? 
-Lo más importante es que, a día de hoy, sigo sin encontrar justificación a todo aquello que nos tocó vivir en la infancia. Ni me parece justo ni comprendo por qué tuvimos que padecer de aquella manera. 
-¿Con qué edad le pilló todo aquel asunto?
-Yo tenía 14 años, pero lo que yo le puedo contar en este momento, es lo mismo que le dirían cualquiera de mis 300 compañeros de aquella época. Estábamos en el orfanato de El Pardo, y a partir de ahí, vino todo lo demás. 
-¿Qué recuerdos guarda de El Pardo?
-Nos trataban bien, de verdad. Ya sé que las condiciones de la época eran las que eran, pero para lo que se podía pensar de todo aquello, la verdad es que no podíamos quejarnos. Había 30 frailes que estaban pendientes de nosotros en todo momento, después diez hermanos legos, dos zapateros que tenían carácter civil y un grupo de profesores, no puedo recordar ahora mismo cuántos exactamente. Sí que me acuerdo de que hacían su labor a la perfección, pero no podría precisar cuántos eran en aquel momento. 
-¿Cuál fue el recuerdo que más le marcó de aquella etapa?
 -Ver cómo salían los frailes delante de nosotros, el día que se los llevaron de tres en tres, y cómo tenía la sensación de que, aunque éramos demasiado pequeños para comprender lo que estaba pasando en aquel momento, lo que fuera que ocurría, no podía ser nada bueno. Estaban pálidos, totalmente. Y la verdad es que nunca más supimos de ellos. 
-¿Y ustedes nunca peligraron?
-¡Ya lo creo! Pero el director del orfanato salió en nuestra defensa y dijo que allí no tocaban a nadie. Lo recuerdo a la perfección, fue el 21 de julio de 1936. Lo que no pudo evitar es que nos deportaran, y después de un durísimo viaje a Valencia y Barcelona, acabamos en Grenoble (Francia), donde permanecimos hasta 1939.
-¿Cómo fue la vida allí?
-Yo tuve suerte, me acogió una familia española, y antes de un año, ya nos habían escolarizado. Leíamos cada mañana L'Humanité , para seguir la guerra, y a día de hoy, no pierdo la esperanza de dar con alguna de aquellas personas. 
-¿Y ahora?
 -Bueno, de los 300.000 niños que padecimos aquello, creo que quedamos 67 vivos, y no parece que a ninguno se nos haya asignado nada de lo que se ha dicho, a pesar de que a veces he visto en los medios de comunicación cosas de este estilo. Soy consciente que nuestra situación es más conocida por quienes rigen las directrices de España que por los propios afectados, entre los que sin duda me siento incluido como uno más, pero no recibo nada. Si me corresponde, lo aceptaría.
FUENTE:«Nunca entenderé tanto horror» ( Diario de León - 16/03/2005 )



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