LA CUEZA...

Cuando los tiempos eran diferentes, en el Valle de La Cueza pacían las ovejas, triscaban las cabras y dormitaban plácidamente al sol las vacas, en los meses ociosos, sin carro del que tirar ni arado con el que arañar la tierra.



Entonces se hacía fuego sin incendios, porque el pasto siempre estaba bajo y verde y ningún matojo crecía hasta la altura que alcanzaba el ganado.

Algunos pueblos de los actuales, empezaron siendo una reunión de chozas de pastores, a las que después se unió una iglesia y por último se les empezó a matar con un alcalde.

El hombre era el hijo de la naturaleza, cuidaba del ganado, limpiaba las fuentes, cantaba las canciones viejas y contaba historias a la luz y el calor del fuego.

Mi padre se hizo hombre allí. Cuando cumplió los once años, mal aprendidas las cuatro reglas y las pocas letras, la necesidad familiar le llevó a vivir solo en una caseta pastoril, para guardar la cabaña de mulas de su pueblo.

Allí empezó a escuchar los cantos de los pájaros, a distinguir el tomillo del orégano, a recordar cada olor y cada madriguera.

Supo del placer de tumbarse en la hierba, del miedo en la soledad de la cabaña, a las noches de tormenta y al aullido de los lobos.

Años después mi padre trabajó con las máquinas del ICONA para roturar los montes de roble y sustituirlos por unos pinos que mataron La Cueza y todavía hoy permanecen olvidados, sin entresacar ni podar ni aprovechar,

Años después, después de la emigración, después de otra vida, mi padre quiso llevarme a La Cueza en unas vacaciones de agosto.

Ya verás, me decía, hay que madrugar mucho, en las mañanas de verano en La Cueza, los olores son una bendición, cantan los pájaros y el aire es tan limpio que llegan sin dificultad los sonidos de los pueblos que están a varios kilómetros.

Fuimos en bicicleta. Subimos La Loma, llegamos a San Pedro, subimos La Varga y recuperamos el resuello en la planicie del páramo. Después bajamos suavemente hacia el valle y las rastrojeras se convirtieron en hierba, los espinos en árboles y en un centenar de metros, pareció que cambiásemos de país.

Al llegar al valle mi padre paró su bicicleta y empezó a mirar a su alrededor y a olfatear el aire y a menear la cabeza.

Cuando empezó a hablar dijo:


- ¿Qué han hecho? Esto está abandonado. La hierba está alta y seca, el monte lleno de zarzas, los caminos arados y por donde pasa el río solo hay un barrizal entre husos, juncos y maleza.


Volvió a pedalear y yo le seguí.


-¿A dónde vamos? pregunté



-A mi fuente, respondió



Pedaleamos un par de kilómetros por un camino recto que discurre por ese punto en el que el monte se convierte en valle y llegado a cierto lugar se paró. Empezó a caminar sin rumbo, en círculos, mirando al suelo y tratando de orientarse.


En un lugar determinado se paró mirando a un hilillo de agua que nacía del suelo y corría suave, valle abajo.


Se arrodilló donde manaba el agua y como desesperado empezó a cavar con las manos.

No estoy seguro, pero me parece que mi padre me escondió sus lágrimas




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