Vivencias con V de VILLAMARTÍN DE DON SANCHO

VIVENCIAS, con V de VILLAMARTÍN 
Estoy sentada en el asiento de atrás del coche de mi hermana, chateando con uno de esos móviles última generación que todo el mundo tiene y que a todo el mundo poseen... 

Hace un rato ya que abandoné la ciudad, la prisa, el ruido, el bullicio y, sobre todo, la gente. Gente desconocida e indiferente que vive en la puerta de enfrente, gente cuyos problemas no podrían importarme menos. Conectados con el móvil pero más desconectados que en ningún otro momento de la historia, así de paradójico es nuestro comportamiento en la ciudad. 

 
La ciudad en la que vivo me gusta, sólo eso. No siento ningún tipo de relación especial con ella a excepción de que vivo en ella. Si equiparase mis sentimientos con la amistad, mi ciudad estaría en el nivel de “colega”. Un conocido, nada más. Sin embargo, lo que siento por mi pueblo es algo diametralmente opuesto. En él, nada me es indiferente. Ni la gente, ni las calles, ni el aire tan distinto que respiro por sus campos. Todo me importa y nada es prescindible. Es parte de mi.  

El viaje se me está haciendo corto y, cuantos menos kilómetros faltan, más nerviosa me siento. He dejado el chat insulso y trivial del móvil porque no tengo cobertura. Me encanta.




Llegamos. Siento esa paz que sólo el pueblo me regala. Todo me resulta familiar. La brisa que me acaricia la cara, los olores, las imágenes, el aire.


Pasear por el pueblo es vivir un constante déjà vu. Cada rincón está asociado a infinitos recuerdos de mi infancia y juventud, recuerdos que afloran en mi memoria sin ningún esfuerzo porque todos, absolutamente todos, son recuerdos llenos de emociones que renacen en cada paso.


Saludo a todo el mundo porque, aquí, nada ni nadie me es indiferente. Porque la conexión, aquí, es real y no absurdamente virtual; porque, aquí, ya no soy una persona sino un árbol con largas raíces que me relacionan con todo el mundo que pasa a mi alrededor; porque, aquí, sea por cuestiones de consanguinidad o por experiencias vitales que te unen de por vida, todos somos familia.


Me voy. Con esa paz y equilibrio que todos vosotros conocéis. Con esa sonrisa ambivalente entre la felicidad y la tristeza. Con esa nostalgia que te envuelve en cuanto dejas atrás el cartel que lleva su nombre. Con ganas de volver cuanto antes. El viaje de vuelta me hace siempre poner en orden mis prioridades y tomar perspectiva. El pueblo me dice siempre de dónde vengo y quién soy. Me hace sentir parte de él y de su historia. El pueblo alarga su lazo hasta mi corazón para tirar de él y hacerme regresar una y otra vez, recordándome que es parte ineludible de mi existencia.

Es el pueblo, sois vosotros. 


Texto: N.G. "la del Potxolo"



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