El poeta Cecilio Bravo galardonado con el Premio Nacional de poesía Isabel Pablos

FOTO Jesús F. Salvadores
Sus poemarios "ojos de té", "Moasaja con Celinia" o libros como Juegos de ayer para entrenar hoy están dedicados a su pueblo Calzadilla de los Hermanillos, aquel que le vió nacer allá por el año 1956. 

El poemario premiado ha sido "Quisiera escribir como Virginia Woolf"

¡ENHORABUENA Cecilio!
El escritor leonés Cecilio Bravo Bravo ha ganado la primera edición del Premio Nacional de Poesía Isabel Pablos, convocado gracias al impulso de Antonio María Cornejo, hijo de la maestra nacional y poeta que da nombre al galardón, y al apoyo del Ayuntamiento de Benavides, de donde procede la familia.

El galardón, que se dio a conocer ayer en la villa riberana, está dotado con 3.000 euros y fue otorgado a Cecilio Bravo por el poemario titulado Quisiera escribir como Virginia Woolf.

A continuación una entrevista a Cecilio Bravo Bravo  en el año 2010 con motivo de la presentación de su obra "Ojos de té"

Ubicado en un tiempo de despedidas, el otoño, y un territorio mítico pero real, Lantanilla, en la frontera entre Tierra de Campos y el Cea, el título está inspirado en las lágrimas de té, que Bravo ha visto en los ojos de sus antepasados, sabios consejeros: «Tu voz de arado, viejo». Consta de cuarenta poemas en dos partes, un canto general y un inventario botánico del otoño.

¿Rinde homenaje a la infancia, a la tierra y ancestros?
—A los recuerdos. Escribo para recordar y para regresar a la tierra. Lo importante del viaje no es el viaje, sino el regreso. Regresar a la infancia, porque el oro de la infancia, como decía Monterroso, es lo que hay que buscar. O como dice Sampedro, en busca de los círculos del tiempo. El recuerdo, como hace alusión Vargas Llosa en Lituma de los Andes, para tener amigos. Recuerdo al silencio, al vacío de Tierra de Campos («silencio de alcobas vacías y célebres nevadas») (como Matute intenta recuperar el eco de las palabras en el vacío). Para buscar lo increíble de los recuerdos (golosinas prohibidas, la disculpa de la nuera para no cuidar al suegro...) o, como dice Valente, para no vivir a la intemperie.
«Lantanilla es un llanto mutilado por los bordes». ¿Lágrimas de té por un mundo que se acaba?
Es un pueblo que se despuebla en el otoño y el invierno. El tren, la dehesa y la carretera del Cea son sus bordes... Si no se toman medidas los pueblos como el mío desaparecerán.
¿Serán habitados por los pájaros que pueblan su libro?
—Sí, hay más de treinta pájaros: pájaros obscenos, suicidas, gritadores... Puede que Lantanilla acabe convirtiéndose en un jardín mágico habitado por pájaros y flores. Pobladores, pocos: ha pasado de 200 vecinos a apenas medio centenar de casas abiertas en otoño-invierno.
¿Reivindica los concejos con el verso: «Cuentan que sufren los pueblos sin sus concejos...»?
—Los concejos gobernaban la vida en aquella tierra. Se resolvían temas generales y temas particulares. Ahora se resuelve todo desde la Diputación. Ya no hay concejos ni hacenderas, los impuestos (que se cobraban en invierno: la rebollera, la fumalga...) se pagan por el banco.
¿Volverá con el invierno?
Sí, va a ser más duro.
Pero habrá primavera...
—Sí, y un verano alegre. Es una cuatrilogía.

Hay poesía y etnografía. Garetas, lilorio, amargacena... ¿Qué significan estas palabras?
—Las garetas eran las pintadas que se hacía la juventud en las vendimias con las uvas; el lilorio es la reunión de la gente, el filandón de otras tierras; la amargacena es el viento que aparece al final de la tarde. Da una calentura que amarga la cena.

¿La dedicatoria a Jesús Fernández Santos tiene que ver con su libro Los bravos, de 1954?
—Es mi escritor preferido y creo que se le ha orillado. Lo tenía pendiente. Se lo dedico también a los atravesaos, que es como se conoce a la gente de mi pueblo. Cuenta una anécdota que en cierta ocasión crecieron unas mielgas en la tronera y se debatió si cortarlas. Al final decidieron subir al burro atravesao para que las comiera.

¿Hace una catarsis frente a la muerte inevitable?
Es la muerte de mi padre y la muerte de mi pueblo. El gobierno de los pájaros. Aún hay gente que no se ha despedido nunca, que no ha visto el mar.
Maestro, entrenador de fútbol, poeta... ¿De dónde saca el tiempo?
Aprovecho el tiempo y duermo poco. Cuando hay que arar una tierra no hay que dejar que pase el tempero.
Lantanilla, el lugar mágico donde Cecilio Bravo ubica su poemario Ojos de Té y vuelca en ellos su visión sobre el otoño en este triángulo leonés en el que hacen frontera el Cea y Tierra de Campos. 

El silencio y la búsqueda de luz en un tiempo de despedidas cruzan los versos de este libro, que también es un homenaje a los antepasados y a la sabiduría popular. Topónimos, costumbres y palabras autóctonas pueblan, además de multitud de pájaros, Ojos de Té.

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