Tres Cuartos de Siglo de Monacato en el Reino de León: 1050-1125



III
 Accipite librum et devorate illum

San Benito de Nursia
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Cuando, si bien con mucho retraso respecto de casi todas las demás tierras del occidente europeo[10], la Regla de San Benito se había abierto un camino irreversible[11] en el reino de León , camino de llegar a regir todas sus comunidades. Una benedictinización, no lo olvidemos, que no consistía en sustituir una regla por otra, sino en el reemplazo por la benedictina de un régimen misceláneo de varias reglas o fragmentos de ellas armonizadas discrecionalmente por el abad, la regula mixta o codex regularum[12].

De ahí que esta novedad benedictina fuera todavía más vigorosa que lo que se podría pensar[13] a la luz de la evolución canónica de la vida religiosa que ha llegado hasta nuestros días, pues no estribaba sólo en el cambio concreto de la norma, sino en la introducción de una nueva noción unitaria de la norma misma.

Una novedad que coincide con la aparición, la transformación refundidora o la consolidación definitiva de los monasterios grandes, estables, prósperos, con posibilidades de cultivar las letras y celebrar una liturgia solemne, el paisaje que ya había sido el de la Francia carolingia, con repercusiones incluso en su Marca Hispánica. En cambio, para los minúsculos cenobios anteriores, cambiar de observancia, aunque hubiese sido mediante un mero acto de afirmación nominal y teórica, sin consecuencias prácticas a la vista, tendría que haber resultado insólito en una vida tan precaria y primaria. 

De regla, bastaba con la herencia espontánea de los Padres[14], en bastantes casos transmitida incluso de viva voz, por lo menos mientras llegara, al hacerse la dotación un tanto seria y con ella la conquista de algún germen de estabilidad, uno de aquellos tesoros que por entonces eran los libros. En cuanto a los monasterios de más envergadura, que o nunca faltaron o al menos tenían mucho abolengo ya, en la tierra que no llegó a despoblarse, hay que convenir en que su aislamiento de la Europa monástica de la época fue mayor que el de los mozárabes de Al-Andalus, una consecuencia que, a primera vista, puede chocarnos, pero está comprobada por la fuerte progresión benedictinizante que se puede llegar a leer en la literatura cordobesa germinada a su vera. En cambio, cuando ya, tanto la sustancia física como la vida de relación fueron otras, nada más puesto en razón que revestir ese hábito literario que también era el benedictino.



San Romualdo (c. 951– tradicionalmente 19 de junio, c. 1025/27)1 fue el fundador de la orden de los Camaldulenses y figura destacada en el "renacimento del esceticismo eremítico" del siglo XI.
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Ahora bien, no podemos preterir la circunstancia histórica y doctrinal esencial de que san Benito recogió el legado monástico anterior de su Occidente abierto a las luces orientales, de manera que no cabe pensar en ninguna solución de continuidad o ruptura con lo inmediatemente precedente. A propósito de lo cual recordamos las diversas posturas tomadas a raíz de su institución pontificia como patrón de Europa.

Un título justificativo habría sido el monacato repoblador ibérico pues aunque no se le pueda atribuir aún a él, la índole de colonización agraria y pastoral rural que ese proceso histórico tuvo, estaba de lleno en la línea por él seguida y vigorizada. En este sentido hay que recordar el cenobitismo pleno de su monacato, mucho más propicio a empresas de ese cariz, una definición nítida que no coincidía con muchas de las manifestaciones del propio cenobitismo en Oriente, donde por otra parte la anacoresis había tenido un desarrollo muy poderoso y a cual más temprano.

San Bruno primer Cartujo
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En efecto, los cenobios orientales propendían a conceder a la vida solitaria un puesto tan decisivo que a menudo los convertía en lauras, un tanto semejantes a esa forma mixta de vida que en Occidente fue la excepción minoritaria de dos familias religiosas, una que mantuvo el reconocimiento de la Regula Benedicti, la Camáldula, y otra que incluso en el plano de la teoría se apartó de ella, la Cartuja, aparte su admisión en el benedictinismo ordinario pero sólo a guisa de excepciones individuales, mediante la vinculación a los monasterios de unos pocos ermitaños.



Nombre latino : Ordo Cartusiensis.- Siglas: O. Cart..- Tipo: Orden monástica
Fundador: San Bruno .- Fundación: 1084.- Lema: Stat crux dum volvitur orbis
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Un proceso el benedictinizante[15] que había llegado a cogüelmo en los días que son nuestro marco aquí, si bien no de una manera integral, ésta por otra parte incompatible con las circunstancias todas de la época y la manera concreta como aquél fue teniendo lugar.
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[10] Cfr., A. de VOGÜÉ, Bourgogne, Angleterre, Alémanie: sur trois étapes du cheminement de la Règle, “Regulae Benedicti Studia” 16 (1987) 123-35 Y en su recopilación “Études sur la Règle de Saint-Benoît. Nouveau recueil”, Vie Monastique 54, Bellefontaine, 1996; 147-66).

[11] A.LINAGE CONDE, Los orígenes del monacato benedictino en la Península Ibérica (“Fuentes y estudios de historia leonesa” 9-11; León, 1973).

[12] Códice del abad y no uno más de la biblioteca, donde por supuesto codices regularum también había, pero con un valor de cultura monástica o lectura espiritual, no de norma de vida. Así, en el monasterio benedictino de Abellar, el del abad Cixila, de que inmediatamente diremos, había un codex regularum entre los libros elencados en el testamento del mismo.

[13] A.LINAGE CONDE, En torno a las causas de la benedictinización, “Regulae Benedicti Studia” 16 (1987) 105-22.

[14] Teniendo dicho vocablo reglar un sentido genérico antes de la benedictinización, paradójicamente identificado sin embargo  con la observancia concreta de cada casa. Una semántica tan arraigada que sobrevivió a la benedictinización misma. Por ejemplo, el 921, diez y seis años después de constarnos que la de Abellar era benedictina, Ordoño II emplea la expresión regula sancta en una donación a la misma.

[15] J.MATTOSO, A introduçâo da Regra de S.Bento na Península Ibérica, “Bracara  Augusta” 30 (1976) 5-19, y en su recopilación “Religiâo e Cultura na Idade Média Portuguesa” (Lisboa, 1982) 73-90.












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