Doña Marcelina, la maestra de Villaverde de Arcayos

In Memorian... por Amparo Fernández Valdés

CUENTO DE DOÑA MARCELINA

Tan verídico, como el de Doña Tomasa, Doña Purina…

Se nos ha ido Doña Marcelina a los 75 años y me hayo dichosa de honrarla ya que, sin ser famosa, hizo las veces de serlo impartiendo educación a los niños, desde 1956 cuando cumplió la mayoría de edad hasta los 62 años cuando la obligamos a dejar la escuela.

La enseñanza era su pasión,
tengo la creencia de que si a día de hoy hubiera permanecido en ella, aún seguiría entre nosotros puesto que los niños eran su vocación e ilusión en la vida. Algo tenía para la enseñanza, porque a sus alumnos les placía envolverse en sus historias ¿por qué? “Era de gran carácter y daba mucha gracia, esfuerzo y pasión a lo que enseñaba a los chiquitos” Decía así cuando explicaba: ¿Entendido? ¿Comprendido? ¿Bien metidito en la cabeza? Bueno pues seguimos adelante…

En su clase reinaba la organización: diez niños a la derecha de su mesa y asiento, diez a la izquierda y diez sentados trabajando; allí permanecían silenciosos de pie o apoyados hasta que les llegara el turno del corregido del cuaderno de su señorita:, visto, muy bien, repetirlo etc. Entre ella y ellos existía una mágica compenetración, conocían su memoria y allí nunca hubo desorden, ni quejas de padres, si acaso regalos en navidad. Durante su docencia nunca hubo bajas, “era de hierro” esta era su frase: 

“No tengo pereza en levantarme, porque voy contenta a la escuela, para mí la escuela con la zurda y bajo pata”.

Sus métodos de enseñanza no se los contaba a nadie, solo lo sabían ella y los niños. En las excursiones traía los brazos molidos de que los niños se colgaban de ella. La amaba el director del centro y ella a él también. Era escritora, sus mensajes plasmaban conocimientos, valores y sentimientos.

Doña Marcelina, era mucha Marcelina, combatió con cariño el analfabetismo, fueron muchos sus alumnos que aun la recuerdan con una sonrisa, ¡que lo diga Nanín! uno de Calaveras, ha venido en muchas ocasiones a que le enseñe el álbum de fotos para ver a su maestra.


Doña Marcelina nació en una familia pobre y hambrienta, pero eso no le impidió revelarse como una niña brillante y con facultades especiales, su padre Roque le mandaba leerle la hoja del calendario, y ella siempre la repetía de memoria ¡Qué memoria! Ya fuera verso o prosa, relataba hasta comas y puntos. A los diez años a mandaron a León a casa de una patrona donde comentaba haber pasado muchas penurias porque:

“Del pueblo llevaba frejoles y garbanzos, pero me daban caldo”.
Gracias a sus buenas notas tuvo acceso al colegio de las monjas de La Asunción y allí empezó a comer. Siempre recordaré con ternura como guardaba aquellas delgadas tabletas de chocolate de cada merienda para traerlas en vacaciones a sus cuatro hermanos. Quería a las monjas, y acaba el Magisterio con notas excelentes ¡Qué ilustrada y sabihonda venía a casa: conocimientos, chistes, canciones, poemas, nombres… todo desconocido para nosotras! En algunas ocasiones no entendíamos sus historias y nos replicaba: “¡Anda Pánfila de Narváez!” Qué gozosas y alegres lo repetíamos.

Una noche escuche desde la casa así como “un sermón de la montaña” y al salir a la puerta: ¡Era mi hermana predicando y un montón de hombres alejados escuchando en sumo silencio! Solo recuerdo que el repertorio acabó así: 
“El manicomio está en Palencia y los locos están aquí”

En septiembre de aquel año la destinaron a para “Solduenfo de la Burba”, Burgos-. Se mostraba encantada, la maestra tenía casa propia y allí la visitaban el veterinario, su esposa y su hijo. Ella nos contaba con su gracia como se trataba a aquel niño: - ¿Qué quieres para merendar cariño: pan con Tulipán?- No que me mancho- ¿pan con foie gras? – No que se me cae - ¿Entonces que te doy de merendar? –Pan solo- ¿Pero mi vida, si el pan solo no es merienda? – Pues te he dicho que pan solo. Reíamos sin para con aquellas historias.

Al año siguiente no aprobó las oposiciones, pero obcecada en que lo hizo bien lloraba y se desesperaba, reclamó y finalmente el año siguiente aprobó. Destino “Bribiesca”, Burgos. Se hospedó en casa de una patrona con muchos hijos donde contaba pasárselo muy bien y encontrarse “como en su propia casa”, Un amor la fue a rondar en moto, pero no pensaba más que en la escuela. Ya por voluntad propia pidió venir a su pueblo: “Villaverde de Arcayos” León, para ayudar en casa y luego en “Calaveras de Abajo” a 13 kilómetros ya en régimen definitivo. Aquí iba y venía los fines de semana en una bicicleta por las malas carreteras y frío. Ayudaba mucho a sus padres, aquí estuvo ocho o nueve años.

Villaverde de Arcayos, León FOTO: Ricardo Melgar

Siempre nos preguntábamos: ¿Quiénes son los ricos? En este caso los hijos de los pobres ya que mi hermana recompensaba con regalos a quienes a mi padre hacían un favor. Debido a la repentina muerte de mi padre nos vimos obligados a dejar la hacienda y Marcelina cambia de nuevo de destino. “Ortuella” Bilbao, allí también se encontró muy cómoda, comentaba que “se lo pasaba bomba con dos amigas que tenía”. Allí conoció también en amor, coincidió con un muchacho de su pueblo al que apenas conocía. Siempre recordaba: “Vale más llegar a tiempo que rondar un año” fue un amor verdadero, Los Amantes de Teruel. Y así Marcelina se convirtió en buena esposa y buena madre de familia, 

Su último colegio fue “Fray Juan de Zanoza” en Bilbao, el cual estaba estructurado en dos plantas, tuvo la oportunidad de impartir clase a su propia hija, y aunque este hecho no fue bien visto por algunos de sus compañeros, su hija mostro actitudes ejemplares y nunca hubo ninguna queja al respecto. Al final todo fue bien, allí su madre era su maestra.

Su hija, finalmente también maestra, porque lo vivió.

En la vida, valiente, y capaz de luchar y aprovechar cada uno de los muchos talentos que tuvo. Fue una persona humana, bondadosa, que acogió niños de Ucrania (Explosión de Chernóbil), visitó países en vías de desarrollo, y siempre andaba con bolsas llenas de regalos y cosas para los niños que veía desfavorecidos, tanto para ellos como para sus madres.

Si en la calle alguien caminaba con un niño, le observaba, le hablaba, le sonreía. Eran su pasión. Muy temperamental, su don, los niños. En la educación veía una base y aquí que escribo me llevo a estudiar también maestra, pero yo era la pequeña, y el camino fue más suave. Aprendí lo de ella: contar historias en las excursiones, cuidar a los niños… Pero ella recordaba a la perfección todo lo que visitaba: cada detalle, cada señal.


Simpática y protagonista de las fiestas familiares: ¡que hubiera jolgorio! aunque eso no quitaba para que siempre diera el callo, muy trabajadora y aunque el cansancio la enfadaba, siempre seguía. Cuando se jubiló emprendió nuevos caminos: ajedrez, ¡ganó premios y finales! baile, cartas. Con las cartas mostraba gran habilidad dirigiendo y trampeando, de broma o de verdad, se paraba el juego porque no se entendía la magia que ella había hecho. ¡Ni un mago hubieses sido capaz de adivinar aquellos trucos!

Recordar quiero desde aquí la capacidad de superación y lucha que mostró durante su enfermedad: mujer coraje, luchadora, capaz de dejar huella. Se levantó cada mañana desafiando a porfía. Vida o Muerte y ella: VIDA y acostándose a la noche diciendo: Hágase tu voluntad ¡Virgen de Yeda!

¡Oh que embobados con la vida material!

SE NOS HIZO TARDE, SE NOS HIZO TARDE…

Amparo Fernández Valdés


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