Máximo Alvarez "El Grillo" La historia viva de la mineria en CASETAS DE OCEJA

"La mina, hijo, es hembra, y se lleva a muchos machos por delante»
Máximo Álvarez "El grillo" FOTO: JESÚS F. SALVADORES

Máximo Álvarez, ‘Maxi’, vive con su esposa Isabel en un lugar que ya no figura en los mapas. Y esto no es licencia poética sino pura verdad, un trozo de esa realidad rural leonesa —parda, solitaria, rasgada— que tan pocas veces aparece iluminada por la luz pública. Maxi, a quien todos conocen en la comarca como ‘El Grillo’, lleva prácticamente toda su vida en Casetas, el poblado minero situado entre Sotillos de Sabero y Oceja de Valdellorma que hoy es tan solo un grupo de vetustos edificios de piedra y muchos recuerdos sedimentados, amén de hogar del único centinela que sigue fiel a esa memoria y a este lugar.

Y si la apartada vallina cubierta de robles en la que se asienta Casetas pudiera ofrecer una imagen de desolación u olvido, el rostro y el temperamento de Maxi es en cambio todo bondad, alegría, mucho humor, ironía y conversación de preste.

Nació nuestro paisano de hoy en Villacontilde, orillas del Esla, en 1933, «desnudo y con las manos en el bolso». Sus padres, que estaban de caseros en ese pueblo, tuvieron nada menos que diez hijos. «Antes no había ni televisión ni radio y la gente se dedicaba a hacer guajes», ríe Maxi. Cuando él estaba aún «en mantillas», marchó toda la familia a trabajar a la mina La Única, propiedad de Esteban Corral. Y asistió por tanto al auge y caída, el proceso completo, de Las Casetas de Oceja. De ocho años se fue de criado a Los Argüellos: a Rodillazo, Gete, Getino, Valdeteja, Nocedo... un niño cuidando ganado en el monte, noches enteras él solo («estaba más frío que el hocico de un oso») y con «un torto de harina de centeno para comer». Y a los 14, derecho a la mina, donde llegaría a desempeñar múltiples funciones: ramplero (ocho horas estuvo una vez con el agua hasta la cintura, para evitar que se obstruyera el pozo), señalista, ayudante de barrenista, barrenista, picador... En 1956 se trasladó a Asturias, a los pozos Sotón y El Venturo (él y otros tres fueron los encargados de subir las chimeneas de éste) y tres años después regresó a Casetas para entrar en La Herrera nº2 de Sotillos hasta su retiro en 1969, a causa del implacable mordisco de la silicosis.

Canta como tal. «Cuándo querrá Dios del cielo/ que se ponga el pan barato/ para que mi barriguina/ no pase tan malos ratos»

Recuerda Maxi cómo libró —puro milagro— el terrible accidente de 1954 conocido como ‘el de los catorce’ por ser ese el número de mineros que cayeron en aquella terrible explosión de grisú. Y todo porque ese mismo día le mandaron a domar al buey que tiraba de los vagones. «La detonación se oyó hasta en Cistierna», avisa. Él mismo, en otra ocasión, permaneció casi dos horas enterrado menos la cabeza y la mano. Había un madero cerca y tocaba en él para que supieran dónde estaba. Así le localizaron.

No se le quita la cabeza la cantidad que le quedó al jubilarse, 7.042 pesetas, lo que había cotizado. «Tragué mucho polvo», se lamenta, recordando cómo poco antes de su retiro le enviaron a postear el pozo del Ventiladero y a otro puesto en el que pasaba mucho frío. «Ahí vos dejo el hacho y la pica, haced lo que queráis con ello», dijo el día de su marcha definitiva.

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Como no había cumplido los 40 y las necesidades aún eran muchas, suplió el sueldo minero con la crianza de ganado, que tenían fama en la contorna. «Las mis vacas son tan buenas porque no tienen el pesebre roto», se ufanaba. Poco a poco, todo el mundo se fue marchando de Casetas, donde llegaron a trabajar 600 obreros que sacaban tonelada y media de carbón cada uno al día, hasta que sólo quedaron su mujer y él. «El economato era como los supermercados de ahora, había escuela gratuita, bar, 25 casas abiertas, muchos mozos y mozas...». En 1966 se cerró La Única a causa de una infausta inundación y, aunque luego hubo otros intentos de explotación, Casetas estaba ya herida de muerte. Él mismo se opuso, con todas sus fuerzas, a que derribaran el recoleto edificio de la entrada.

¿Y por qué le apodan el Grillo a Maxi? Pues porque cuando estaba de ayudante, le cantaba al picador coplas pícaras, La cigarrera, tonadas, de todo. «¡Coño, este guaje, canta como un grillo!», le dijo. Y así le quedó.


FUENTE:
«la mina, hijo, es hembra...» ( Diario de León - 18/12/2011 )

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