Cuentas pendientes

Antes de la misa se preparaban todas las vestiduras del sacerdote para oficiar. 


Sobre los viejos arcones de nogal, había que disponer alba, casulla, de un color dependiente del tiempo litúrgico, estola a juego con la casulla y todos los utensilios necesarios para la ceremonia...


De esa labor se ocupaba el más veterano de los monaguillos, mientras el cura encendía velas por el altar o confesaba a alguna feligresa agobiada por las culpas.


En la tercera balda del armario el sacerdote guardaba el vino para consagrar y una copita de cristal para saborearlo fuera de servicio. Era un excelente moscatel, de un color dorado, con cuerpo, en nariz profundo y con los aromas frutales típicos de estos vinos. Tal vino merecía sus honores además de la buena porción servida en el cáliz para consagrar.


El monaguillo abrió el armario, sacó la botella y empinó el codo con una maestría propia de monaguillo veterano, era el cuarto día consecutivo que se la liaba al cura, a pesar de las prohibiciones y advertencias.
Nada más guardar la botella en el armario, asomó el párroco por la puerta y reparó en la actitud sospechosa de su ayudante.


Abrió el armario y extrajo la botella saqueada, mirándola a la luz de la ventana, buscando la raya con lapicero que debería marcar el nivel restante, del último trago legal.


Naturalmente el nivel había descendido más de dos centímetros, por motivos diferentes a la evaporación. El clérigo agarró al monaguillo por una oreja y remangando el vuelo de la sotana con su habilidad característica, propinó unos sotanazos al perillán que gritaba a cada golpe.


Veinte años más tarde:


La pareja de motoristas la Guardia Civil se detuvo al lado de la carretera, para vigilar el tráfico de un domingo soleado. Los guardias no terminaban de acostumbrarse al trabajo dominical y no se encontraban de excesivo buen humor. Entregados a su faena, el cabo hizo señales de parar a un coche que venía por la carretera.
-Buenos días, el guardia saludó militarmente, ¿a donde va usted? 
-Ya lo sabes hijo, a decir misa a tu pueblo. La falta de vocaciones me va a matar, se me amontona el trabajo, cuatro misas llevo ya ¿recuerdas cuando solo tenía la parroquia de tu pueblo y tú eras mi monaguillo?


El cabo le miró con una sonrisa malvada en los labios.


-Control de alcoholemia, coloque la boquilla y sople sin interrupción hasta que yo le diga. 

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