Fernando de Castro, el sahagunino que renovó la enseñanza en España

El clérigo leonés Fernando de Castro fue un renovador de la enseñanza en la España del siglo XIX; su importante labor reformista frente al modelo educativo liberal abrió las aulas a colectivos ignorados, como obreros, huérfanos y mujeres, en un anticipo de lo que después fue la Institución Libre de Enseñanza.

El profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid Rafael Serrano, que hoy pronuncia en el Museo Nacional de Escultura una conferencia sobre Fernando de Castro, ha repasado en una entrevista con Efe alguna de las más importantes aportaciones del clérigo.

Fernando de Castro (Sahagún, 1814-Madrid, 1874) fue, entre otros cargos, capellán real de Isabel II, senador, catedrático, rector de la Universidad de Madrid y miembro de la Real Academia de Historia, pero principalmente se le recuerda por convertirse en un "símbolo" del reformismo religioso y educativo en España.



Serrano explica que la influencia del "krausismo" y la estrecha relación con Julián Sanz del Río, introductor de dicha filosofía en España, fueron determinantes en la vida de De Castro que, sin abandonar el cristianismo, comenzó a acercarse a una religiosidad más personal, basada en la propia conciencia y ajena a toda forma externa de culto.

Los planteamientos del krausismo, detalla, también se hacen notorios en las empresas educativas que De Castro puso en marcha desde la propia universidad, como la apertura de una serie de centros para obreros, niños abandonados en las calles de Madrid y mujeres, a las que el modelo liberal solo daba acceso a la primera enseñanza.
Así crea la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, en la que se proporcionaba un nivel equiparable al bachillerato y se trataba de dar una salida profesional a las estudiantes con trabajos de institutrices o profesoras.
Serrano expone que la fundación de esa escuela debió de resultar "poco aceptable" para algunos sectores de la intelectualidad, la política y la Iglesia católica, que "rechazaban la enseñanza de la mujer -dice- porque pensaban que lo único que debían conocer eran las tareas domésticas y consideraban que otro tipo de saberes eran contraproducentes".
A su juicio, la asociación fue un "primer ensayo" de la Institución Libre de Enseñanza, porque en el proyecto colaboraron algunas de sus figuras clave como Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo de Azcárate, que luego acabarían desarrollando una tarea "mucho más completa" y "a mayor escala".
Serrano apunta que la asociación también destacó como un "vivero" de personas que posteriormente lucharon con intensidad por la emancipación de la mujer en España.
La filantropía y la implicación con los más desfavorecidos, añade Serrano, llevó a De Castro a presidir, además, la Sociedad Abolicionista, que combatía la esclavitud en las colonias, así como a abanderar otras causas humanitarias.
Serrano comenta que el final de la vida de De Castro estuvo marcado por una crisis religiosa que le llevó a repudiar el catolicismo, algo que a lo que ya daba vueltas en su foro interno, pero que no pudo reprimir ante la "intransigencia con la modernidad" que preconizaba el Concilio Vaticano I.
Ya en su discurso de ingreso en la Real Academia de Historia, De Castro suscitó cierta polémica al proponer "una puesta al día" de la Iglesia católica, pero el episodio que, en opinión de Serrano, se convirtió en un todo un hito fue su entierro civil.
"Él pidió ser enterrado junto a Sanz del Río. Esa ceremonia en un lugar tan inhóspito y tan despojado como era el cementerio civil de Madrid, un campo desolado sin ningún tipo de decoración ni nada que lo dignificara, creó un gran impacto en todo el movimiento que luchaba por la libertad religiosa", narra Serrano, quien recalca que ese día se leyó el evangelio, porque aunque De Castro repudiara el catolicismo, nunca dejó de ser cristiano. EFE

“VERITAS LIBERABIT VOBIS”


Fernando de Castro nació en Sahagún el 30 de Mayo de 1814, quedando huérfano a los doce años. A los 15 años procesa en el Convento de San Diego en Valladolid decantándose por esta Orden Franciscana por ser, según sus palabras, “más pobre y austera y conformarse más con las estrecheces y sufrimientos del pueblo al que me inclinaba por instinto”.

En 1837, tras los decretos de 1835 y 1836 por los que se suprimen los conventos, es exclaustrado sin haber recibido las órdenes sacerdotales.

Ocupará plaza de profesor del Seminario de San Froilán de León y fue vicerrector de la Institución. En esos momentos empieza a reconocerse su gran papel como predicador y entre otras muchas actividades relacionadas con la sociedad leonesa, es elegido secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País.

A los 31 años se traslada a Madrid, donde comienza su carrera docente, doctorándose además en Teología.

En 1847 es nombrado Predicador Supernumerario de la Reina Isabel II y designado Capellán de Honor de Número en 1850. Ese mismo año se crea la Escuela Normal de Filosofía y es nombrado Director. En 1852, obtiene la Cátedra.

El final de 1850 y la década de los 60 significarán un punto de inflexión en su vida: En 1862 se licencia en Filosofía con sobresaliente (el Secretario del Tribunal será Julián Sanz del Río). Ese mismo año escribe un artículo que marca sus bases sobre la interpretación histórica. Estas ideas quedarán firmemente desarrolladas en su obra “El Compendio Razonado de Historia General”.

En 1864 es elegido Académico de Número de la Real Academia de la Historia, tomando posesión en 1866. En su discurso de ingreso ya se percibe su acercamiento hacia el “Catolicismo Liberal”. En ese momento, sin embargo, en Roma se adoptan unas posiciones totalmente opuestas a cualquier idea cercana a las expuestas por el catolicismo Liberal.

En 1868 se niega a firmar, junto con otros profesores, por considerar que debe mantenerse al margen de toda cuestión política, un manifiesto de adhesión a la Reina. Este hecho provoca que sea retirado de su Cátedra.

Tras el triunfo de la Revolución es restablecido en su puesto y el 4 de Octubre es nombrado Rector de la Universidad de Madrid, a propuesta de Sanz del Río que había declinado anteriormente el ofrecimiento).
Durante su mandato que concluye el 21 de Noviembre de 1870, año en el que presenta su dimisión, desarrolla una frenética actividad. Cuatro serán los pilares en los que basará el desarrollo de su cargo:


  • 1) Cumplir y hacer cumplir las leyes de estudios,
  • 2) Respetar todas las opiniones legítimas,
  • 3) Mantener alejada a la Universidad de las contiendas políticas,
  • 4) Libertad de ciencia.
Ocupó la vicepresidencia del Senado y en 1868 aparece como uno de los firmantes de la “Declaración sobre la libertad de religión y libertad de cultos”.

Crea escuelas gratuitas para niños y adultos, clases nocturnas para obreros y organiza las famosas Conferencias Dominicales para la educación de la mujer, germen de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, y posteriormente creará el Ateneo de Señoras y la Escuela de Institutrices.

La primera Conferencia Dominical se celebrará el 21 de Febrero de 1869.

Se separa definitivamente de la Iglesia cuando tras el Concilio Vaticano I se da cuenta que catolicismo y progreso son incompatibles. En ese momento comienza la búsqueda de lo que llamó la “Iglesia Universal”. Desde ese momento hasta el final de su existencia se mantuvo considerablemente apartado de la vida pública.

En 1871 se adhiere a Salmerón por la defensa de la legalidad de la Internacional, también ocupó durante cuatro años el cargo de Presidente de la Sociedad Abolicionista Española.
En Enero de 1874 comienza a redactar su Memoria Testamentaria, concluyéndola el día 1 de Mayo del mismo año, cinco días antes de su muerte.

La Memoria Testamentaria marca las bases del cristianismo racional, su base es la moral cristiana pero compatibiliza esta con la libertad y la razón.

Fernando de Castro fallece el 5 de Mayo y ordena en su Memoria cómo quiere que sean sus honras fúnebres. Se trata de una ceremonia civil en la que participan entre otros, Giner de los Ríos, Juan Uña (leyendo los mandamientos de la humanidad de Sanz del Río) y Ruiz de Quevedo.


Fernando de Castro y la mujer


Hoy en día, afortunadamente, nos resulta cotidiano y absolutamente normal, el hecho de que todos los ámbitos laborales cuenten con un, cada vez, más elevado porcentaje de mujeres ejerciendo su profesión. No nos paramos a pensar en ello, pero en realidad dicha situación ha sido en términos comparativos, muy reciente.

A nuestro tesón por hacernos cada vez un hueco más importante en la sociedad se une la participación o mejor dicho, la existencia, de personajes históricos que nos ayudaron a romper barreras y a despegar en un momento en el que el género podía llegar a condicionar totalmente el desarrollo de una existencia.

Una de estas personalidades es Fernando de Castro, personaje controvertido, que en un momento determinado de su vida comprendió que el comportamiento social y cultural hacia la mujer debía cambiar. Nos encontramos en pleno siglo XIX, en España, y al contrario que en otros países europeos, el desarrollo de determinadas actividades en pro de la mujer, resultaban, cuanto menos, novedosas.

Fernando de Castro fue sacerdote, aunque acabaría colgando los hábitos, Vice-rector del Seminario de León, Capellán de Honor y Predicador Mayor de la Reina Isabel II, Catedrático y Rector de la Universidad Central, Académico de Historia, Senador, Caballero de la Real Orden de Carlos III, fundador y presidente de varias instituciones como las dedicadas a la abolición de la esclavitud y, sobre todo, por su importancia, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer.

Este magnífico bagaje intelectual y profesional junto con la singularidad del mismo hace aún más destacable la labor de Fernando de Castro. Efectivamente, podríamos afirmar que Fernando de Castro fue el gran propulsor de la liberación profesional de la mujer a través de un arma fundamental: la cultura; y a ello consagró gran parte de su vida.

La mujer del siglo XIX pocas oportunidades tenía de abrirse camino en la vida si no contaba con la seguridad económica y social que podía ofrecerle el matrimonio. Este hecho es el que preocupa a Fernando de Castro, y principalmente, aunque en un principio pueda parecer desconcertante, se muestra aún más preocupado por el destino de las mujeres de las clases sociales más elevadas. En efecto, las mujeres de condición más humilde, al menos podían optar al aprendizaje de algún oficio, como por ejemplo el de costurera, cocinera, labores agrícolas e industriales, etc. (aunque siempre trabajos duros y mal pagados), sin embargo, son las mujeres pertenecientes a la burguesía y a la aristocracia las que se encontraban con mayores problemas a la hora de lograr, en un momento determinado de su vida, una cierta independencia. El nivel cultural femenino dentro de este sector social era alarmantemente bajo; este hecho unido al encorsetamiento de la época que impedía de manera subliminal el aprendizaje de oficios a estas mujeres, producía que para ellas la única salida posible fuera el matrimonio y en el caso de que estas carecieran de belleza o dote suficiente, el convento.

Fernando de Castro pudo identificar el problema, al ser testigo directo de la situación en la que se encontraba la Corte de Isabel II, en concreto los altos cargos femeninos encargados, en muchos casos, de la educación y preparación de la Reina. Estos altos personajes estaban muy lejos de tener las condiciones y cultura necesarias para abordar la preparación de una gobernante. La Corte estaba formada por damas del más rancio abolengo y como hemos señalado anteriormente la preparación de estas se reducía, básicamente, a nociones de música, labores de bordado y cuestiones religiosas.

Esta situación, le haría con seguridad tomar conciencia de la realidad social femenina en todos los sectores y niveles sociales y para intentar paliar, en definitiva, los problemas y deficiencias culturales de unas y de otras creó el Aula Abierta, que consistía en la impartición de ciclos y conferencias a las que podían asistir gratuitamente toda persona interesada, con independencia de su sexo o condición social.

Dichas conferencias fueron el germen de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, creándose posteriormente y ya, tras la muerte de Fernando de Castro acontecida en 1874, un gran número de Escuelas dedicadas al desarrollo profesional de la mujer: Escuelas Artísticas y Literarias, de Institutrices, de Comercio, de Correos y Telégrafos, de Bibliotecarias y Archiveras, de Mecanógrafas así como de Idiomas y Arte, por citar solo algunas de ellas. Ya en 1900, el funcionamiento de las Escuelas era al 100 por 100 y sus aulas estaban llenas.

Como ejemplo de la importancia de dicha Institución, señalar que las primeras mujeres físicas, químicas o con conocimientos de contabilidad surgieron de esta Asociación; también cabe señalar que grandes de la cultura de dicha época quisieron apoyar de manera altruista la iniciativa de Fernando de Castro; entre ellos se encuentran personalidades como Clementina Albéniz y su hermano Isaac Albéniz, Sorolla o Unamuno que además donó a la Asociación varios libros y documentos personales.

Importante destacar también el protectorado que ejerció la Reina María Cristina, viuda de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII, que sin llegar a conocer personalmente a Fernando de Castro, decidió apoyar su proyecto y su sueño. A diferencia de España en la mayoría de los países del Norte de Europa, las grandes familias valoraban enormemente la instrucción cultural, así la futura Reina Regente de España, siendo Archiduquesa de Austria, recibió una esmerada educación (cabe señalar que dichas damas vienesas tradicionalmente, eran consideradas las más preparadas y cultas de Europa) y ejerció la Dirección del Colegio de Niñas Nobles sin recursos de Viena por designación de su tío el emperador.

Dichas circunstancias y la situación que percibió en nuestro país, seguramente le llevaron a valorar la necesidad de una mayor formación en la mujer de la España de finales del siglo XIX.
La Infanta Doña Isabel, conocida en Madrid como “la Chata”, siguiendo el ejemplo de su cuñada apoyó económicamente las iniciativas del que fuera su Capellán de Honor, en la época en la que su madre, Isabel II, reinaba en “las Españas”.

Fernando de Castro y la Asociación para la Enseñanza de la Mujer jugaron un papel pionero y decisivo en la historia de la educación de nuestro país, y sobre todo consiguió dar los primeros pasos y abrir el difícil camino hacia la consecución de la independencia, libertad y desarrollo de la mujer en el mundo laboral.

Libertad ideológica, redención de los esclavos, dignificación de la mujer, liberación de los ignorantes, estos fueron los credos de D. Fernando de Castro; siendo uno de los aspectos más llamativos el que ya en aquella época llegara a imaginar a la MUJER PROFESIONAL, tal y como la percibimos hoy en día, y por ello luchó adelantándose a su tiempo. Esta labor se apoya en muchas personas que contribuyeron con sus esfuerzos y aportaciones a conseguir que estos ideales se hicieran realidad; en la actualidad, el objetivo principal de la Asociación es la promoción de la Cultura, siendo uno de los principales centros de investigación de aquella época, ya que cuenta con un importante Archivo y Biblioteca. Esta especialización en la investigación histórica del siglo XIX, no impide que la Fundación Fernando de Castro (Asociación para la Enseñanza de la Mujer) se haya centrado también en la promoción de nuevos talentos artísticos, priorizando la vinculación con mujeres profesionales del siglo XX, respetando de este modo el espíritu inicial de nuestra Fundación.

Patricia Ferrer
Coordinadora de Proyectos y Actividades de la Fundación Fernando de Castro – A.E.M.

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