El Puente Romano de Cea que une los dos reinos, también está en peligro

Por
El Puente Romano de Cea:

Desde que me construyeron he tenido claro que mi labor consiste en convertir en una las dos orillas.

Me llaman el Puente Romano, aunque ese debió de ser un antepasado mío que se asentaba en este mismo lugar.

La verdad es que he conocido mejores tiempos que los actuales. Desde hace cinco siglos, se de las vicisitudes por las que han pasado estas tierras y estas gentes. He visto sobre mi, tanto lanzas como azadas, Tanto caballeros, montando briosos corceles, como villanos jinetes de rucio.

He visto cambiar el paisaje que me rodea, pero siempre viajando de la vida al recuerdo, de la lozanía a la desolación.


Me voy quedando solo, al menos antes me acompañaba la muralla, haciendo al río más vuestro, encerrándole con los que le disfrutaban. He visto desaparecer las muchas iglesias de las muchas parroquias, la judería, la industria fabricante de las armas de los nobles, los centros de sabiduría, que alguna vez exportasteis incluso al otro lado del mar.

Me apena comprobar que mi amigo el castillo, que ya campaba por estos pagos cuando yo nací, se ha ido derrumbando poco a poco y el cerro , que un día fue castro y que le acoge, exhibe sus piedras como boca desdentada.

No me importa ser la única construcción antigua que aún tiene utilidad, al fin y al cabo, me gusta ser el paso que une dos reinos, el camino hacia los campos de labor, la huida a la soledad de los caminantes, el lecho por el que discurre el ganado, el rincón en donde anidan las golondrinas.

Pero una tristeza me invade cuando veo que mi amor por el pueblo, a penas es muy poco correspondido, por los que alguna vez jugaron bajo mis ojos, los que esperaron a mis orillas la vuelta de su ganado, los que a mi sombra besaron unos labios por vez primera, los que emprendieron el camino a otras ciudades, los que pasaron horas sobre mi, observando pensativos los peces del río, los que burlaron las aguas bravas de los inviernos, cabalgando a mis lomos, los que afilaron en mis piedras viejas su hoz o su navaja.

Mis sillares se resienten, mis costillas no están hechas para la vibración de los motores, sino para el tiro de carro de caballerías, no soporto el paso de toneladas, soy ya un viejo, me asusta el paso de los camiones, se me comba el lomo bajo el peso de los remolques cargados de ese grano, que ni siquiera ya es suficiente para vosotros.

En fin, necesito ya la ayuda de otro puente joven, más acorde con los tiempos que os devoran, que soporte vuestro ritmo y vuestras prisas.

Yo me quedaría entre vosotros a contaros vuestra propia historia, a enseñaros otra vez, vuestras viejas canciones y vuestras danzas, a seguir acogiendo los juegos de vuestros hijos.

Si no escucháis mi voz cansada, temo que algún invierno, termine con mi vida, por fin una riada.
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